13/9/08

Cajera automática

La cajera con cara de nada me mira como si yo fuera el péndulo de un reloj.
Me paseo por los pasillos, no tengo hambre, solo quiero comprar algo para elevar un poco el nivel de glucosa de mi sangre, ya saben, la droga.
Me decido por un par de chocolates dañinos, de esos con 0% cacao, pero que por alguna razón me gustan, quizá las pezuñas de cerdo no saben tan mal.
La cajera ya no me mira, se mira las uñas, mira por la ventana, se pierde entre las bombas y los autos, suspira, el olor a bencina ya le es imperceptible , cada suspiro es un poco menos de vida, pero ella no se ha dado cuenta.
Las personas hacen fila para comprar, somos automáticos, nadie nos pide hacer fila, pero la hacemos igual.
Suenan los bip de la maquinita que lee los precios, todo es caro pero la culpa no es de la cajera, no es culpa de la maquinita. Nadie responde por este hecho, aquí es como una gran caja automática que se traga las monedas en medio del desierto.
Me toca comprar, busco las monedas, quiero una bolsa, ya sé que es de plástico, pero no hay otro remedio. Nunca hay otro remedio. ¿No hay otro remedio?, un poco más de plástico en un mundo plastificado. Quiero una bolsa, es todo lo que sé a esta hora de la mañana.
Le paso la plata, me pasa los productos. "Gracias por comprar con nosotros".
¿Nosotros?, "nosotros". El piloto automático, nuevamente.
Se me olvidaba la bolsa, se la pido, aunque a la cara de la cajera solo le falta la boca abierta mascando chicle. Repito en mi mente la frasecita "Gracias por comprar con nosotros" un poco antes que ella misma me la repita, ahora es un poquito irritante escucharla, descaradamente automática.
No puedo evitar repetirla en mi mente un par de veces, mientras salgo de la estación de servicio, paso por afuera y miro a través del cristal, la cajera ha vuelto a fijar su vista en el horizonte ciudadano, una calle, unos cuantos autos.
Quizá su mente no se ha automatizado todavía, quizá todavía tiene esperanzas.

10/9/08

Una locura más para saber que estoy cuerdo

Era un lunático disimulado. Su mente se estructuraba de extrañas maneras, las conexiones entre sus neuronas no seguían el típico camino aferente-eferente, mas bien era diferente.
Desde chico sintió repulsión por todos los que se sentían atraídos al mundo material, tangible, por aquellos para los que las cosas eran solo cosas, entes dignos de ser utilizados, manejados, pero nunca interpretados. Si bien se sentía fascinado por las formas y colores, nunca la contemplación del mundo excedió sus ansias por ver más allá de lo visible, por entrever a través de las cosas otra dimensión, una especie de realidad mucho más profunda y verdadera que hacía eco en sus oídos.
Pasó por la etapa del elefante, la etapa de los orientales, del complejo del niño llorón y de la seudodepresión subconciente.
Se convirtió en cerrajero.
Todas las mañanas visitaba el cementerio, y por las noches lloraba de pena porque su pieza era verde. A la mañana siguiente, después de haber pasado una noche llena de tormentos y pesadillas, placer culpable de todos los que gozan con verse a sí mismos en un ataúd, llevados por el agua o comidos por un buitre, cambiaba las sábanas, las lágrimas eran señal de contradicción en un mundo donde se supone que solo existe la resignación.

9/9/08

Intento fallido

Si existiera una palabra para describir la sensación que lo embarga en este preciso instante, quizá sería ansiedad, la mezcla entre pánico y paz no ha sido bautizada todavía.
Su señora se encuentra en el interior del auto que en este momento vuela por los aires.
Una burbuja de cristales lo rodea todo, el ruido inicial se extingue cada vez más, escucha solo el sonido de su respiración entrecortada, ahora ni siquiera eso escucha, todo es silencio a su alrededor, silencio, cristales, y un auto que vuela por los aires, la cara difusa entre tanto cristal y alambre suelto, el grito mudo de la gente, el terror de ver a su esposa volando por los aires dentro de una especie de nave espacial de la muerte.
El auto describe una semicircunferencia, no subiría eternamente, siente su corazón detenerse, es el momento crucial, la delgada linea que lo separa todo, el límite entre la vida o la muerte, el futuro feliz o desdichado.
La nave estaciona perfectamente sobre el pavimento, se desliza y finalmente, tras unos cuantos rebotes, se detiene, dejando tras si una nube de humo y confusión.
Son los segundos más lentos de su vida.
Del auto se baja la mujer, tambaleándose, viva. Una sugerencia de sonrisa se instala en su rostro, un gesto que irónicamente se confundiría con el triunfo de la vida, la mujer que sobrevive y él contemplando con una sonrisa, una sonrisa del tipo decepción máxima, del tipo resignación a la vida de la cual, por esta vez, no pudo escapar.

3/9/08

Las cosas crueles

El silencio era su escudo, pero también su espada.
La falta de tolerancia era cosa de familia, ella lo sabía muy bien.
Se esforzaba para no escuchar esa voz que constantemente susurraba su nombre a su oído, y sin malgastar ni un solo gesto dejando salir su subconciente, lo golpeaba con esos tremendos ojos de desconcierto, su boca lo inexpresivo, su cuerpo cadáver.
El efecto era inmediato. Los gritos, la puerta, y luego ella siendo tan víctima, sus manos temblorosas, su boca sonrisa demoniaca y las lágrimas que venían solo por cortesía, como el póster de Mona Lisa pegado en la muralla.
Su vida eran ciclos de años, sus años de días, de horas y minutos.
Se negaba a crecer, segura de tener en sus manos la oportunidad de salir apenas quisiera.
Tantas palabras inútiles, tanta pena distorsionada.
Sus sueños, sus misterios guardados y su fragilidad se ocultaban bajo un trapo viejo, deshilachado de abuso, de volver a las mismas armas, de asustar con las mismas caretas.
Muerta para el mundo, si no fuera por los reflejos casuales de algún espejo, difícilmente creía en su vida.
Su ingeniudad era un concepto vacío, su alegría un derecho negado desde hace tiempo, digamos que no fue tan culpa suya.