23/1/09

No creo en las escaleras mecánicas

¿Cuál es el límite entre la comodidad y la falta de vitalidad?

Qué usual es seguir la inercia de subirse a la escalera mecánica, cuando las escaleras comunes y corrientes se encuentran a dos pasos de distancia.

La comodidad es un capítulo extenso dentro de lo que llamamos el progreso del hombre. Gracias a la ley del mínimo esfuerzo, nos hemos acostumbrado a solo mover los dedos. Es una prudencia que ralla en la falta de cordura y sensibilidad ante lo que realmente necesitamos.

Estamos vivos y tenemos un cuerpo que gime por la libertad y la naturaleza, en cambio le damos sueño y estabilidad, estando preparados, en cambio, para vivir en fuga y escasez.

No es de extrañarse que al salir de esa falsa escalera-montacargas, la cara de felicidad plena de sus ocupantes se transforme automáticamente en esa mueca del tipo Sáquenme la espalda, esa mirada perdida en el horizonte del desierto que hay que atravesar para llegar al tan ansiado hogar, donde por fin se podrá estirar las piernas y dejar de abusar del cuerpo en movimiento, y disfrutar de una tranquila y bien-hidrocarbonatada-ultra-procesada tercera comida del día.

22/1/09

Lección no aprendida

Es cómico pensar en la forma de actuar de los humanos.
Si pudiéramos distanciarnos tan solo unos metros hacia arriba de nosotros mismos, y nos viéramos viviendo cotidianamente, reírnos sería tan solo una primera reacción. Luego, sin más que aceptar que nuestras actitudes solo reflejan la necedad e ineptitud que hay en nosotros, la sonrisa se esfumaría de nuestro rostro, y entonces no tendríamos nada más que gritarnos desde arriba a nuestro propio yo: "Oye, tú, deja de hacer el ridículo, ¡por favor!, y haz lo que debes hacer".

Es fácil desviar los pensamientos, la mirada y la conciencia, desde el Sustento, a la nada misma que son nuestros intentos por tratar de humanizar lo que no es humano, por creer que tenemos por naturaleza lo que nos ha sido dado, como si fuera un derecho de nacimiento.

Nada que tengamos de bueno, nos pertenece realmente. Tomar conciencia de ello es un paso mortal, pues con él cualquier tipo de falso fundamento y fe puesta en el objeto equivocado comienza a trizarse. Es mortal, pero para el orgullo. Ese tipo de muerte proviene de la Vida misma. Y aunque creamos en primera instancia que es un paso de debilidad, pronto nos daremos cuenta que es el primer paso más seguro que pudimos haber dado: renunciar al yo para entregárselo al único Ser que puede con todo el derecho del mundo decir "Yo", es la mejor manera de encontrarnos a nosotros mismos. Y con esto comienza el largo camino del paradójico reencuentro, del llanto que da gozo, de la muerte que da vida, de entregar lo que nos ha sido dado, para poder tenerlo realmente. Y de paso, dejar de actuar como entes sin sentido.

8/1/09

Enredos familiares y un disfraz

Mi bisabuela solía repetir cada cierto tiempo que algún día nos llegaría la muerte a todos, pero nadie le hizo caso, hasta el día en que ella misma murió por una extraña enfermedad congénita que nunca se había manifestado pero que todos sabíamos que llevábamos en la sangre. 

Desde ese día, fueron desapareciendo los personajes y rostros que di por sentado que vería toda la vida. Uno por uno los fuimos dejando en el jardín de atrás de la pequeñita casa veraniega de mi tía, en el cual no cabríamos todos, pero por alguna razón de peso decidimos montar ahí las improvisadas sepulturas, no bajo la tierra, sino sobre ella. Un closet con colgadores, bolsas blancas impermeables, y una gran cruz dibujada con carbón en la puerta de corredera, como una señal provisoria, un homenaje gratis y fácil de hacer, pues no teníamos realmente mucho tiempo, con todo lo que significa estar de vacaciones; salir en familia, por muy mermada que esté, siempre significa preparativos que hacer, y las mujeres siempre con sus peinados, siempre con sus ojos.

Los cuerpos se iban acumulando, se agregaban cada día a la colección de moda de mi tía, pero por suerte somos una gran familia, muy numerosa, así no todas las redes de confianza se veían dificultadas por algún eslabón perdido.

Fue un verano de lo más extraño, el conejo de mis primos –que en realidad era un gato obsesionado por comer zanahoria- se escapó y perdimos un quitasol en la playa.

5/1/09

Perder es ganar

Aún no sabes, en mi caso
perder fue ganar, es un hecho
imposible-real, con el tiempo
llorar fue reir, y lo dicho
con furia y rencor, se evapora
en nubes de paz.

Me sorprendo, pues al ver con piedad
mi futuro, me vi desfallecer
como hierba, ahora alzo mi voz
con euforia, sin mirar hacia atrás
ni una espera, las palabras no salen
pues no existen.

Casi en todo, las horas dirán
lo que fuimos, perfecta aleación
en hipótesis, solo hormonas jugando
al perfume, solo piedras sonando
en el río, un soplo de barro
en la vida.