13/6/08

El minuto cultural de Nilda Eliana

Y qué tanto si dejo todo botado, el computador encendido, el texto a medio terminar, tomo mis cosas y me voy. Al parque, al café, a la vuelta de la esquina, a la punta del cerro.
Tomo mis cosas, y me voy.
Y-qué-tanto.

Repasa en su mente, panoramas, pa-no-ra-mas.
Cine, teatro, arte, música, cine, música. Cine. Música... música.
Música.

Tomo mis cosas y me voy a un concierto. Atención, me voy a un concierto.

Nilda Eliana se dirige al teatro a escuchar un concierto. La sinfonía no-sé-cuanto en Re mayor, orquesta sinfónica, entrada liberada, y qué mejor.
En el minuto que se sienta, empiezan las tentaciones de textos sin terminar, de computadores encendidos, de cigarros en el cajón. El pie se le mueve inconcientemente, tirita tan rápido que no se percibe.
Tuerce la cabeza, espera sentada, mirando fijo el programa entre sus manos.

Qué son todas estas letras. Qué hago aquí.

Silencio, la música está por comenzar.
Nilda Eliana está más nerviosa que nunca, siempre le han desesperado los silencios de cualquier tipo: forzados silencios de biblioteca, tensos silencios de examen, cómplices silencios de pacientes en sala de espera, insostenibles silencios de una vida callándose todo.
Y la música no empieza.

Se escuchan los ruidos mas imperceptibles, el roce de los pantalones contra las butacas, el tintineo de las luces, el pelo largo sobre el hombro, los párpados sobre los ojos, la mitosis de cada célula orgánica presente en cada individuo silencioso.
Y Nilda Eliana escucha aún el sonido del ventilador del computador, unas hojas sobre el escritorio que gritan, gritan que nadie las trabaje como es debido, gritan la responsabilidad de todo el mundo menos la de Nilda Eliana que se dio el gusto de salir a escuchar las células de la gente silenciosa.

Prohibido salir.