3/9/08

Las cosas crueles

El silencio era su escudo, pero también su espada.
La falta de tolerancia era cosa de familia, ella lo sabía muy bien.
Se esforzaba para no escuchar esa voz que constantemente susurraba su nombre a su oído, y sin malgastar ni un solo gesto dejando salir su subconciente, lo golpeaba con esos tremendos ojos de desconcierto, su boca lo inexpresivo, su cuerpo cadáver.
El efecto era inmediato. Los gritos, la puerta, y luego ella siendo tan víctima, sus manos temblorosas, su boca sonrisa demoniaca y las lágrimas que venían solo por cortesía, como el póster de Mona Lisa pegado en la muralla.
Su vida eran ciclos de años, sus años de días, de horas y minutos.
Se negaba a crecer, segura de tener en sus manos la oportunidad de salir apenas quisiera.
Tantas palabras inútiles, tanta pena distorsionada.
Sus sueños, sus misterios guardados y su fragilidad se ocultaban bajo un trapo viejo, deshilachado de abuso, de volver a las mismas armas, de asustar con las mismas caretas.
Muerta para el mundo, si no fuera por los reflejos casuales de algún espejo, difícilmente creía en su vida.
Su ingeniudad era un concepto vacío, su alegría un derecho negado desde hace tiempo, digamos que no fue tan culpa suya.