28/5/12

Familia y naturaleza


La familia estaba reunida en torno a un café, un helado de vainilla de primer nivel, la conversación amena, las mentes abiertas y el corazón contento.
La tarde llegaba a su fin en un día de hojas calidocaídas de otoño.
El Sol, siguiendo su habitual camino cotidiano, alcanzó la altura perfecta para reflejar sobre las nubes multiformes su luz de atardecer satisfecho.
El color anaranjado se reflejó con fuerza en los muros blancos de la habitación, al entrar por los ventanales de bondad instalados hace un buen tiempo ya.

Un sentido de urgencia ocupó el primer lugar dentro de las prioridades más profundas de sus corazones. Corriendo, hacia el patio, era necesario no perder ningún valioso segundo de luz en un ángulo perfecto
que nunca es ni vuelve a ser.

Las montañas... ¡Oh, esas montañas!
¡Bendita cordillera, tan alta, tan pulcra después de la lluvia nocturna!
Y los colores... de tonos que aún no tienen nombre, de matices jamás logrados por ninguna pretensión kandinskiana.
Colores voladores y espumosos, intensos, como vistos el primer día de vida.

Qué importante es darse el tiempo de observar
el cielo conjuntamente y de correr
a compartir la visión de unas nubes que el viento arrastrará
transformándolas
en imágenes perpetuas de cariño entrelazado
con colores de intención
dominical