14/11/13

Caras vemos

Si quitásemos, de algunas empresas, su facultad para hacer propaganda, y nos quedásemos, tan solo por unos momentos, sin esos rostros sonrientes y esas vidas perfectas mostradas a través de imágenes aspiracionales, nos encontraríamos, en más de una ocasión, con instituciones no tan sonrientes, cuya motivación se puede resumir en una única frase: obtener cada vez más beneficios.

Sin importar en el terreno sobre el cual estemos hablando, dichas empresas siempre se comportarán estratégicamente, como si de una guerra se tratase, y no dejarán ningún espacio a la intuición, a la piedad o a la cultura. En ocasiones, podrán aparentar una imagen benévola, de cooperación, construcción y entrega, pero incluso el desarrollo sustentable está en función de maximizar sus utilidades en lugares donde ya no es concebible ni está permitido usar los antiguos mecanismos por medio de los cuales succionaban la vida y riqueza de la tierra. La filantropía no existe.

Ahora, si borrásemos del diccionario la palabra empresa, nos quedaríamos con no otra cosa que un grupo de seres humanos, ya sin patentes, personas jurídicas ni logos de por medio. Personas comunes, como cualquier persona que nace sin nada y asimismo se muere. La motivación antes mencionada es, por lo tanto, motivación de personas, que en su camino hacia el éxito, la fama, la riqueza o cualquiera de estas, u otras, efímeras cosas, persisten en proteger e incentivar la ambición.

Dicha motivación se difumina, la mayoría de las veces, tras esos carteles gigantes que de día ocultan el Sol y de noche nos encandilan, nublando nuestra visión y deteriorando la calidad de vida de los ciudadanos (aunque, verdaderamente, es un secreto a voces, o esos carteles jamás hubiesen estado ahí). Las imágenes de salud, belleza, diseño, innovación, perfección y todo tipo de atributos deseables y anhelados, se conectan directamente con algunas zonas cerebrales -ya identificadas o en investigación constante- que desencadenan una serie de acciones y terminan, siendo exitosa la costosa campaña, cuando el comprador recibe su boleta, muchas gracias por confiar en nosotros, hasta luego.

Que no se mal entienda: el comprador no está mal por comprar. Pero si volvemos a nuestra suposición inicial, esto es, la de quitar la publicidad de las empresas, y le agregáramos que fuese obligación mostrar, en grandes carteles luminosos, las estrategias utilizadas para maximizar sus utilidades, quizá los resultados serían totalmente distintos.