6/8/07

Esas tristecitas, pequeñas, pequeñitas.

Se acumulan silenciosas, y se marcan en los ojos, como arruguitas coquetas, esas pequeñas tristezas que duelen de a poquitito, como agujitas pinchosas clavadas en los dedos.
Surgen su efecto de tristeza, se dibujan como una penita, en tan solo un instante, infinito, pero instante al fin y al cabo.
Esa centésima de segundo imperceptible, en que todo el ser se satura de tristeza, se pierde en el infinito de segundos imperceptibles, se entregan al aparente olvido. Pienso un rato y me digo: fue solo una pequeña tristeza. Pero las tristecitas no se olvidan.

La vida está llena de tristecitas, pequeñas, pequeñitas, casi tiernas. Uno termina queriéndolas, acariciándolas con aprehensión. Viven entre el estómago y los pulmones, y de repente, si las agitas mucho, pueden arañar, causando pequeños dolores en lugares extraños del cuerpo que aún no se descubren, causando extrañas sensaciones que aún no tienen nombre.

No te abandonan jamás. Las tristecitas se preguntan si acaso por orgullo, si acaso por fidelidad. Pero más allá de cuestionamientos, es un problema práctico: no tienen casa, porque no tiene ningún sentido su vida allá afuera. Les gusta la tibieza del cuerpo humano, les agrada el trato que reciben. La humanidad las ha adoptado.