10/9/08

Una locura más para saber que estoy cuerdo

Era un lunático disimulado. Su mente se estructuraba de extrañas maneras, las conexiones entre sus neuronas no seguían el típico camino aferente-eferente, mas bien era diferente.
Desde chico sintió repulsión por todos los que se sentían atraídos al mundo material, tangible, por aquellos para los que las cosas eran solo cosas, entes dignos de ser utilizados, manejados, pero nunca interpretados. Si bien se sentía fascinado por las formas y colores, nunca la contemplación del mundo excedió sus ansias por ver más allá de lo visible, por entrever a través de las cosas otra dimensión, una especie de realidad mucho más profunda y verdadera que hacía eco en sus oídos.
Pasó por la etapa del elefante, la etapa de los orientales, del complejo del niño llorón y de la seudodepresión subconciente.
Se convirtió en cerrajero.
Todas las mañanas visitaba el cementerio, y por las noches lloraba de pena porque su pieza era verde. A la mañana siguiente, después de haber pasado una noche llena de tormentos y pesadillas, placer culpable de todos los que gozan con verse a sí mismos en un ataúd, llevados por el agua o comidos por un buitre, cambiaba las sábanas, las lágrimas eran señal de contradicción en un mundo donde se supone que solo existe la resignación.