30/5/09

Coronación

Ver cómo una hormiga corría de un lado a otro del papel, describiendo círculos en su huída desesperada, era una de mis ocupaciones desocupacionales de niño inocente y aburrido. Ahuyentarla con los dedos era el momento de máxima empatía con la hormiga, imaginarse cómo sería si de repente unos dedos gigantes-incomprensibles aparecieran en el cielo, taparan la luz, golpearan con fuerza contra un suelo blanco e interminable y amenazaran con llevarse la vida con un solo toque mágico, imperceptible para la mano, pero fatal para mi pobre cuerpo de hormiga era la esencia misma del ser niño volcada hacia lo imaginario-fatal, ese aspecto del mundo que a ratos carecía de sentido y que, sin embargo, se hacía presente durante el sueño, los juegos tipo si-te-pillo-te-mato, las preguntas sobre el fin del mundo y la muerte.

La sensación de poder se hacía presente ya en mí, niño poco conciente, y mi dedo no aguantaba la tentación de dejar de ahuyentar a la hormiga, para ponerle punto final al asunto y despacharla al cielo-hormiga, dejando una mancha negra e irremovible en el hasta-ahora-y-nunca-más pulcro papel. La crueldad que luego del asesinato me embargaba, no bastaba para detener ese extraño impulso, y ver cómo otra hormiga sometida a la misma presión corría despavorida, ahora sin una pata, ahora sin dos, ahora sin antenas, y escuchando incluso sus pequeños gritos de auxilio y terror, solo lograba aumentar esa capa que se acumula sobre nosotros a medida que crecemos, que nos inmuniza para que todo finalmente tienda a ser mero detalle.

Recuerdo el día de mi coronación, cuando definitivamente asumí el control del mundo: encontré un hormiguero. No contaré lo que sucedió ese día, pero aseguro que hasta el día de hoy es recordado en la comunidad hormiga como el peor día de su historia. Desde ese día que ya no mato hormigas, el peso fue más grande que un dedo-incomprensible sobre el cuerpo de una hormiga.