11/9/07

Colchón

Luego de dejar todo en su lugar, Nilda Eliana Cayul Huaiquillán se propuso descansar hasta el día siguiente -aunque recién eran las cuatro de la tarde, y el calor estaba excepcionablemente insoportable-

Una vez acostada, mirando el techo -no olvidar: mañana las telas de araña de la lámpara-, no pudo dormir. Algo molestaba. Sí, era ese resorte suelto del colchón, el mismo que noches atrás se le había incrustado en la espalda, el mismo que noche tras noche le hacía imposible el anhelado descanso.

Nilda Eliana, tendida en su cama, lamentando su suerte, tuvo que levantarse.
Sacar el colchón, arrastrarlo con todas sus fuerzas hacia el comedor.
Llevándose las manos a la cabeza, otra vez lamentando, y casi llorando por no estar ni dónde ni en el modo que ansiaba, trató de concentrarse.
Algo había que hacer con el colchón.
¿Dónde van a parar los colchones que la gente deshecha?
No cabe en la basura, y no puede quedar tirado en la calle. Nilda Eliana no tiene patio, no puede quemarlo.
Entonces, la iluminación...

Ya sea por la rabia o por el sueño, piensa que no tiene otro remedio que tomar una tijera y cortarlo en muchos trozos -con un gran esfuerzo gran-, pero la idea de verse patéticamente arrodillada y sin lograr cortar ni un centímetro de la gruesa capa, eleva su furia a niveles estratosféricos.
No sin antes descargar contra el susodicho toda su ira, enterrando perversas estocadas y arañando, golpeando con puños, y tirando todo lo que está al alcance de los brazos, se dispone a comenzar la triste tarea de trozar el colchón.
Luego de los incontables y vandálicos destrozos -que más tarde lamentará con lágrimas-, la tarea le parece placentera, y Nilda Eliana, con esa sensibilidad a flor de piel, se ríe con malicia al ver el interior del colchón escapándose sin remedio, los algodones, las polillas y un ratón saltando por el comedor, y ahora los resortes,
-malditos resortes-
bailando sin parar,
-malditos, malditos-
oxidados y movedizos, bailando,
-mueran, malditos resortes, mueran-.

Nilda Eliana no se da cuenta que su comedor es ahora un cajón lleno de algodón, resortes, polillas y un ratón que encuentra divertido saltar sobre un resorte.
Y que mañana tendrá que ordenar.
Y tampoco se ha percatado que su anhelado descanso solo llegará cuando tome las llaves, saque el dinero ahorrado por meses en el cajón del velador, y salga a comprar un nuevo colchón, al contado y sin intereses.